« Es cierto que el camino no fue fácil, pero ¿Cuál lo es? Ninguno », Entendemos

via del tren

Hay cosas que sabes en lo más íntimo de ti que te da tanto miedo reconocer o aceptar, que decides simplemente ignorar. Eso fue más o menos lo que me pasó a mí.

Comenzaba a sentir que era distinta al resto de las chicas de mi clase. Ellas comenzaban a tontear con los chicos de la clase, a sentir cosas que yo no sentía y que no podía entender. Me resultó francamente difícil entender por qué yo no sentía como ellas, porque era distinta…

Pero entonces llegó ella, la chica nueva de clase y puso mi vida patas arriba. Ella fue la que me dio casi todas las respuestas a mis preguntas. No me gustaban ellos, ni me atraían… Pero ella lo tenía todo. Me gustaba, me atraía, me ponía nerviosa… Ella fue el detonante de empezar a hacerme nuevas preguntas aunque sin respuesta.

Yo soy de una ciudad pequeña en la que la homosexualidad se ve realmente poco por la calle, aunque día a día, vamos sumando puntos. Me costaba imaginarme por las calles de mi ciudad con ella, paseando, besándonos… Me costaba imaginarme sentada con mi madre y contarle todo aquello que me pasaba por la cabeza… Al final me decanté por decírselo a mi mejor amiga, con la que siempre había compartido todas las dudas y todas las emociones, menos esta… Sigue leyendo

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« Pintar su mundo… », Maxime

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Me costaron varios años de duro trabajo personal, de viajes y de encuentros fortuitos para sentirme preparado para enfrentarme a la mirada de los demás, estar orgulloso de abrazarle por la calle, a la luz del día, sin sentirme intimidado por la mirada reprobatoria de la gente, sin sufrir por las críticas mordaces de los que viven dos siglos atrás… Necesité algunos años para que se hiciera más potente este sentimiento de injusticia de no poder acceder a los mismos derechos, de estar considerado tan solo como un ciudadano de segunda, de sentirme humillado, como si me hubieran echado a un foso con leones. Porque la sociedad puede ser cruel, a veces… Habré necesitado varios años para aceptar la difícil pero no imposible tarea de vivir bajo la bandera de la homosexualidad, para colorear mi mundo con un poco de alegría y orgullo, rediseñar el armario frío y austero de mis años escondido para decirme que no importan los días grises y lluviosos ya que siempre una capa de color sucederá a esta capa triste.

Nadie nunca debería tener derecho a sacar a alguien del armario sin su consentimiento. Cada uno lo pinta como lo quiere, con su estilo propio, primero con algunos colores pálidos, con algunas manchas dispersas apenas visibles. Luego el bosquejo de una puerta aparece, con sus contornos y sus misterios, con este deseo ardiente de atravesarla para descubrir lo que se esconde detrás de ella. Poco a poco otro mundo se revela, enlucido por colores de todos los matices, calientes y harmoniosos, como una explosión de alegría en un mundo que durante tanto tiempo estuvo tan sombrío. Cada salida del armario es distinta, imprevisible, pero tan bonita cuando lleva en sí misma los estigmas del respeto y de la tolerancia. Nadie debería quitar a nadie su libertad de pintar su mundo como lo desea. ¿Por qué no me dejaron pintar el mío a mi manera? Sigue leyendo

« El armario de cada día », Demonacho

blog demonachoSiempre me ha hecho gracia eso de «salir del armario». Para quienes no sepáis mucho sobre ebanistería o nunca hayáis montado un mueble del IKEA, los armarios se componen de varias piezas que deben ser montadas. Y no es esto lo que nos pasa a los homosexuales: no creamos nada a nuestro alrededor, no pretendemos aislarnos del resto del mundo. Simplemente surge una barrera invisible de la que no eres consciente, como un seto que crece cada día una milésima de centímetro y del que no te das cuenta hasta que a duras penas puedes ver al otro lado.

Yo os puedo contar mi historia. Os puedo decir que tengo 21 años, que vivo en Madrid y que estudié en un colegio católico donde sólo había dos tipos de chicos: los futboleros y los maricones. Y que me perdonen esos gays vocacionales que a los ocho años ya se conocían mejor que yo a los quince, pero a mí a esa edad me eran tan indiferentes los chicos como las chicas.

Os puedo decir que empecé a sospechar que me gustaban los chicos —y esto era hasta hoy un secreto de sumario— gracias a los anuncios de una revista en los que aparecía un modelo increíble. También os puedo decir que poco después conocí a alguien muy especial del que me enamoré hasta las trancas y que me confirmó mis sospechas. Y, como la vida es así, yo empecé a salir con un chico por el que no sentía nada más que cariño y los tres acabamos bien jodidos. Pero esa historia, que unos cuantos buenos amigos conocen, la escribiré el día que publique un libro.

A estas alturas de la película, uno se plantea esa gran cuestión: «¿No va siendo hora de que todo el mundo lo sepa?». La salida del armario, ese momento traumático en la vida de cualquier homosexual que decida echarle valor e ir de perdidos al río. Para desgracia de mi biógrafo, todos mis amigos me aceptaron sin reserva alguna, sin escenitas ni tragedias. En mi casa fue distinto. Sigue leyendo

« Reacciones inesperadas », Iko. M

980543596db04e7b69b402c826c4077b« Apenas había cumplido la mayoría de edad, y dentro de mí sentía una sensación que estaba a punto de desbordarse. Era una mezcla entre necesidad y miedo que a la vez me contradecían mis emociones. Jamás antes había sentido algo parecido, claro que nunca imaginé encontrarme en una situación así, pero creía que ese momento tenía que llegar más tarde o temprano.

Cuando supe que me gustaban los chicos, fue una vez que finalicé mis estudios de la ESO, antes no pude encontrar un momento para pensar en ello. Tenía cosas más importantes por las que preocuparme, por ejemplo evitar que me llamaran aquello de “maricón” y demás derivados. Hasta mis dieciséis casi diecisiete, intenté engañarme sobre mi condición, posiblemente por mi agotamiento a recibir el mismo intento de insulto poco inteligente diario. La situación no era fácil, cada vez se complicaba más, jamás lo entendí, pero era así. Llegué hasta el punto de pasarme al bando de esos seres, a la caza del “maricón” de turno. No me sentía para nada bien conmigo mismo, porque la educación que había recibido en mi casa no se parecía a nada con lo que me vi haciendo en varias ocasiones, pero sí que de alguna manera me servía para distraer la atención de aquellos que no habían hecho nada más que llamarme de todas las maneras, menos por mi nombre. Sigue leyendo